Vivir es una apuesta diaria: Edomex y la mafia del transporte.

El estruendo del metal retorciéndose sobre la Vía Gustavo Baz no fue un simple «percance»; fue el grito seco de un sistema que lleva décadas podrido desde la médula. El reciente choque de una combi en Tlalnepantla, donde un maestro perdió la vida y 14 personas más quedaron marcadas por el impacto, nos escupió en la cara una realidad que intentamos ignorar: en el Estado de México, el transporte público es una trampa. Aquí, subirse a una unidad para llegar a la «chamba» significa aceptar que, por 12 o 14 pesos, vivir es una apuesta diaria donde la casa siempre lleva las de ganar.

La neta, da una rabia que quema. Esta vez, la tragedia tiene nombre y un legado que no debió cortarse así: Vicente Martín Félix Montoya. No era cualquier pasajero; era un pilar para cientos de jóvenes. El Profe Félix, dedicó gran parte de su vida a la docencia en el Colegio Salesiano de Barrientos, allá en Barrientos, Tlalnepantla. Era un hombre de fé y de trabajo, un educador que creía en la disciplina y el acompañamiento de la juventud bajo el carisma de Don Bosco. Alguien que construía futuro terminó siendo víctima de un presente hecho de lámina vieja y frenos cansados. No fue «mala suerte», fue la negligencia criminal de un modelo de movilidad urbana que prioriza la velocidad por el pasaje encima de la dignidad humana. En el Edomex, no viajamos, sobrevivimos a los accidentes viales disfrazados de fatalidad.

Imagen en honor a Vicente Martín Félix Montoya, 1972-2026, con un mensaje conmovedor sobre su memoria.

La «cuenta»: El hambre contra el volante

La mafia del transporte no siempre usa traje; a veces usa la necesidad de la gente como escudo. El esquema del «hombre-camión» es una condena: obliga al chofer a sacar una cuota diaria —»la cuenta»— para el dueño de la unidad y los líderes de la ruta. Si no llenas la combi, no comes. Esa presión demencial es la que provoca que los conductores manejen como si estuvieran en una pista de carreras, disputándose cada esquina, cada usuario, cada moneda.

El problema de fondo es que estos líderes transportistas son intocables. Funcionan como un brazo político que moviliza votos y cierra calles a conveniencia, a cambio de que la autoridad se haga de la vista gorda con la seguridad vial. El resultado son ataúdes con motor circulando sin seguros vigentes, con choferes sin capacitación y con jornadas de trabajo que revientan a cualquiera. Es una estructura de corrupción en el transporte que se alimenta de nuestra urgencia. Bajo este sistema, queda claro que para los dueños de las concesiones, tu vida no vale nada; por eso, vivir es una apuesta diaria en cada retorno de la Gustavo Baz y cualquier avenida del Edomex..

Manos sosteniendo el volante de un vehículo con monedas apiladas en la parte inferior y un rosario colgando del espejo.

Tlalnepantla y el pacto de impunidad

Lo que pasó en Tlalnepantla es el pan nuestro de cada día. Los operativos de seguridad que vemos después de las tragedias son meros «montajes» para la foto; ocurren dos días, detienen tres unidades y luego todo vuelve a la normalidad del caos. Mientras no exista un sueldo fijo para los conductores y una verdadera fiscalización de las concesiones de transporte, el incentivo será siempre la velocidad y no la vida.

¿Cuántos maestros más, cuántos obreros, cuántas estudiantes tienen que quedar prensados entre los fierros para que se rompa el pacto entre el gobierno y los pulpos camioneros? Es de una desfachatez absoluta que, mientras las tarifas suben, la seguridad se vaya al barranco. Nos venden promesas de modernización en discursos acartonados, pero nos entregan luto en el asfalto. La realidad es que, mientras el negocio de unos cuantos pese más que el bienestar de millones, vivir es una apuesta diaria en el asfalto del Estado de México.

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OPINIÓN

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