El INAH: 87 años gritando que nuestra historia no es estorbo

El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) cumple casi nueve décadas de ser el guardián de nuestra memoria, esa que a veces ignoramos mientras caminamos por el Centro Histórico o pasamos frente a una pirámide camino a la chamba. Seguro te ha pasado: vas con el tiempo encima, esquivando gente en el Metro, y de pronto ahí está, la zona arqueológica de Ehécatl en Pino Suárez. O vas de fin de semana a las pirámides y te quejas del sol sin detenerte a pensar que, si no fuera por una institución dedicada a cuidarlas, esos bloques de piedra serían hoy el cimiento de un centro comercial o un estacionamiento pedorro. La neta, hay que entender de una vez que nuestra historia no es estorbo, sino el cimiento de lo que somos.

Fundado en 1939 bajo el mandato de Lázaro Cárdenas, el INAH nació con la misión titánica de investigar, conservar y difundir el patrimonio cultural de México. Pero, siendo honestos, ¿alguna vez nos hemos detenido a agradecer que alguien se tome la molestia de rescatar un entierro prehispánico cuando se construye una nueva línea del Metrobús? El INAH no es solo una oficina llena de burócratas y arqueólogos con sombreros tipo Indiana Jones; es la resistencia contra el olvido. En un país que corre hacia la modernidad sin ver el retrovisor, el Instituto nos recuerda que el pasado es el espejo en el que nos miramos para no perdernos.

Una mujer trabajando en un taller de cerámica, tallando detalles en una pieza de arcilla mientras la luz natural entra por la ventana.

🏛️ Mucho más que piedras y museos

A veces pensamos que la chamba del Instituto se limita a cobrar la entrada en Teotihuacán o el Museo Nacional de Antropología. La realidad es mucho más compleja y, a veces, bien ruda. El INAH resguarda más de 110 mil monumentos históricos construidos entre los siglos XVI y XIX, y tiene bajo su custodia 193 zonas arqueológicas abiertas al público en todo el país. Es una labor monumental que a menudo se hace con las uñas.

Pero no todo es miel sobre hojuelas, y aquí es donde hay que hablar claro. La institución ha enfrentado retos dignos de una epopeya: desde el tráfico ilícito de bienes culturales hasta la falta de lana. ¿Es suficiente lo que se hace? Yo lo dudo. A menudo vemos cómo edificios coloniales se caen a pedazos por falta de mantenimiento o cómo el crecimiento urbano devora sitios que aún no han sido explorados. Pero, a pesar de todo, ahí siguen los restauradores, luchando contra la humedad, el paso del tiempo y, lo más difícil, la indiferencia de la gente que cree que un edificio viejo solo sirve para estorbar el tráfico. Hay que grabárselo: nuestra historia no es estorbo, es el único lujo que nos queda en esta ciudad de concreto.

Vista de un sitio arqueológico con áreas verdes y estructuras de piedra, al fondo se observa una iglesia y edificios modernos.

🔍 El reto de la modernidad y el «progreso» a rajatabla

En años recientes, el INAH ha estado en el ojo del huracán debido a proyectos de infraestructura masivos. La tensión entre el desarrollo económico y la preservación histórica es real y quema. El salvamento arqueológico en obras como el Tren Maya ha puesto a prueba la capacidad técnica y, sobre todo, la ética del Instituto. Aquí es donde entra mi duda más profunda: ¿se puede proteger la historia mientras se corre para cumplir con un calendario político? Es un equilibrio delicado, casi un arte de malabarismo.

Lo que sí está bien chido es ver cómo el INAH ha sabido adaptarse a la era digital. Hoy puedes visitar museos de forma virtual o consultar archivos que antes estaban bajo siete llaves. Sin embargo, nada supera la sensación de estar frente a la Piedra del Sol o caminar por los pasillos del Castillo de Chapultepec. Esa conexión física con el pasado es lo que nos mantiene anclados en un mundo que cada vez se siente más efímero y desechable. No podemos permitir que el discurso del «progreso» borre nuestras huellas, porque nuestra historia no es estorbo, es nuestra brújula.

Ruinas de un antiguo sitio arqueológico con estructuras de piedra, en primer plano, y edificios modernos de una ciudad al fondo bajo un cielo nublado.

Conclusión

Al final del día, el INAH es el que se encarga de que no se nos olvide de dónde venimos. En estos 87 años, ha demostrado ser una institución indispensable, aunque a veces la sintamos lejana, burocrática o hasta terca. La próxima vez que pases frente a un edificio con esa placa metálica que dice «Monumento Histórico», detente un segundo. No es solo una construcción vieja; es un pedazo de nuestra piel colectiva que alguien decidió que valía la pena salvar para que tú pudieras verlo hoy.

Cuidar nuestro patrimonio cultural no es solo chamba del gobierno, es de todos nosotros. Porque un país que olvida sus huellas está condenado a caminar en círculos en un desierto de identidad. Si no defendemos lo que fuimos, ¿cómo esperamos saber a dónde vamos?

Cuestiona lo que ves, respeta lo que pisas y recuerda que cada piedra tiene un chisme que contarte. ¿Y tú, qué tesoro de tu barrio crees que debería ser protegido con más garra por el INAH antes de que lo conviertan en un Oxxo? Sigue explorando las historias que dan forma a nuestro presente aquí en Mosaiko.

CULTURA

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